Imaginemos que soy un aborigen de una isla paradisíaca (con un volcán en el centro, como toda isla paradisíaca que se precie... y que peta al final de la peli, claro). Pero bueno, eso de momento no pasará en este relato... hay que ser originales.
De entrada, ya me lo imagino: el sol, las palmeras, la arena, la playa. El olor a sal, a vegetación virgen. Digamos que, como cada Luna llena, mi tribu celebraba la fiesta de culto al Dios de la Montaña de Fuego. Subíamos por la ladera, en una festividad alegre y jovial, para dejar una corona de flores en el crater de la cima. Dice la tradición que con esta entrega, el Dios estaba contento y feliz. Nos cuidaba y mimaba, alejando los malos presagios de nosotros. Todo muy buen rollito.
Peeeeero... es que resulta que no es la única tribu de la isla:
Ahora soy un aborigen de otra tribu, en la misma isla. Mi nueva gente nunca han tenido contacto con la primera tribu. Nosotros hacemos una festividad al Dios de la Cima de Fuego. La fiesta, alegre dónde las haya faltaría más, consiste en llevar flores a Dios. Pero no se llevan a la cima, sino que se dejan al pié de la montaña, en la ladera. Porque nadie puede entrar en la “casa” del Dios, en la cima, por que pillaría un rebote del 15 por ese allanamiento de morada divina. Lo dejamos aquí, el vendrá a buscarlo... y cuando vea las flores, estará contento y nos protegerá. Todo, de nuevo, muy buen rollito.
Si si... muy buen rollito, hasta que pasa lo inevitable: un buen día... las dos tribus se encuentran. Y coño... sus costumbre chocan de lleno: una lleva las flores a la cima para que el Dios esté de buenas, y la otra en cambio considera que hacerlo enfadará al suyo (su Dios). Y claro, la primera no va a dejar de hacerlo, por que entonces, según ellos, también se enfadará.. ¿qué hacer?
Vamos a ser muy optimistas, e imaginaremos que con mucha voluntad y pocas ganas de liarla, se podría llegar a una solución de compromiso... “mira, tu, lo llevamos una vez cada dos meses y aquí no pasa nada. Nos creemos que ni un Dios ni el otro se enfadarán”.
Si si, muy bien... pero, inevitablemente, tarde o temprano viene un tifón de la hostia y arrasa media isla, matando a bastante gente. ¿Cuánto tiempo tardarían una tribu en echar la culpa a la otra por cabrear a su Dios debido a las “concesiones” que ha hecho? Cuando han muerto padres, hijos, esposas, hermanos.... y quieres por todos los medios que no vuelva a ocurrir... ¿quién no está dispuesto a asegurarse al máximo ante tal temor de que vuelva a pasar? ¿de anular todas las posibles causas?
Que nadie se engañe. Tarde o temprano... habrá pollo. Hay varios problemas en "todo el mundo tiene derecho a creer en lo que quiera mientras no haga daño a nadie".
El primer gran problema, y posiblemente el más dificil de entender pero mas básico, es pensar que lo que está bien o está mal es universal. Quizá haya cosas que si... pero no todo. Vemos que lo que estaba bien en una tribu era ofensivo para otra. Por ello, no podemos dejar como árbitro al “bien y al mal” para determinar si una ‘fe’ es aceptable: ¿qué ‘bien’? ¿qué ‘mal’? ¿el nuestro? ¿cómo podemos pretender juzgar lo que está bien o está mal de otra creencia ajena a nosotros, cuando nuestro propio concepto de bien o mal está sumamente influenciado por nuestra propia creencia? La frase de “todo el mundo puede creer en lo que quiera mientras no haga daño a nadie...” está presuponiendo erróneamente que a todo el mundo le hace daño lo mismo, que le ofenden las mismas cosas. Y no es cierto! Lo que acaba pasando es que todo el mundo ve bien su creencia por que precisamente es su creencia la que le está diciendo lo que está bien. ¿El aborto?: pues bien o mal según lo que creas, y los demás están equivocados. ¿Las flores al Dios del Fuego en la cima o en la ladera? pues aquí o allí según lo que creas, y los demás están equivocados. ¿La eutanásia? ¿los anticonceptivos? ¿las transfusiones de sangre? ¿el papel de la mujer? ¿lo que es ofensivo? ¿lo que puede acarrear represalias de mi Dios? ¿el extermínio de "los malos"? ¿comer carne? ¿lo que se debe hacer en esta situación? ¿lo que se debe hacer en esta fecha? ¿lo que simboliza esto?... Todos vamos a contestar según lo que nos han enseñado qué está bien o está mal. ¿Cómo solucionar los conflictos? Aquí es donde parece el segundo problema.
El segundo problema, que lo lía todo, es precisamente la fe, la creencia. Porque una creencia no se puede discutir con la razón; es esa su mas honda naturaleza, ya que de hecho forma parte de su misma definición: fe. ¿cómo va a convencer una tribu que es ella la que está en lo cierto en sus ceremonias y no la otra? ¿qué razones, qué PRUEBAS de veracidad? ¿cómo va a ofrecer pruebas de una fe sobre otra fe? Si hubiera pruebas... dejaría de ser fe!! Por eso, todos los conflictos inevitables en las preguntas anteriores, si las respuestas están basadas en fe... ¿cómo se solucionarán? ¿por la razón? ¿qué razón?
El tercer gran problema, que se convierte en enorme, viene cuando esa fe se convierte en nuestra esperanza, en nuestro apoyo vital. Por que entonces es cuando la defendemos mas fuerte. Y es precisamente cuanto más apoyo nos ofrece, mas peligroso es todo el tema. Si de seguir esa fe depende nuestra integridad y la de nuestros seres queridos... ¿quién es el guapo que se pone a negociar sobre eso?
Para acabar de liarla, tenemos el cuarto problema en esta historia en concreto: el pensar que todo ocurre o tiene una razón de ser: “mi hermano, mi madre... han muerto (por el tifón, p.e): coño, pues eso debe ser ‘por algo’. Y si yo he sido bueno... ¿acaso las concesiones que ha hecho mi tribu a mi Dios -que por otro lado es el único que puede provocar tifones- por culpa de la otra, le han enfadado? ¿no será ese el motivo? ¿no es un muy buen candidato a ser el culpable? Pues se acabaron las concesiones... y empiezan las hostias”
Aquí, yo creo, tenemos el cóctel mortal y venenoso de las mayores desgracias. Se disfrazan de intereses económicos o maquinaciones oscuras, pero es sólo miedo e irracionalidad. Lo provoca la falsa trascendencia, la falsa profundidad, la falsa bondad y el dejar lo mas importante de nuestra vida a la fe de las narices.
Puede ser ejercicio de libertad que la peña se apoye en la "fe en algo" para obtener esperanza, para salir adelante si lo necesita. Una mentira piadosa, se dice. Pero es el camino equivocado.. equivocadísimo. Un callejón sin salida. Y cuanto más la necesite la persona, cuanto más consuelo encuentre, peor. Mas radicalismo, mas necesidad, mas miedo a que su apoyo sea falso. Mas miedo a que su protector no exista. Vemos que algo que de forma aislada no es malo (cada tribu por su lado está la mar de contenta), a la que se junta se lía. La cosa es tan inestable, que no hace falta ni un manipulador externo. Todo tiende a caer por su propio peso.
Creer es una falsa libertad. Es ser tan libre como el preso que empapela su prisión con posters de la Costa Brava. Todo el mundo merece estar en el Lloret de verdad con sangría en mano. Dejar que la gente haga de su base vital una creencia ciega es algo no desprovisto de cierta crueldad. Ya no sólo para él, sino también para los que lo rodean. Y cuanta más necesidad tenga y mas apoyo encuentre, mas deberíamos ayudarla a salir. Es un poco como el amor: cuanto más enamorado de la persona equivocada, más tienes que salir por patas. Como en el amor, si la persona no quiere ver la realidad no hay nada a hacer. Pero no nos creamos que la solución es que "así ya está bien".. o en definitiva, que "todo el mundo crea lo que quiera si no hace daño". He intentado hacer ver que el "..si no hace daño" es una utopía.
Lo que tendríamos que intentar es ir, poco a poco, apartando la fe para vivir. Aprender a vivir sin tantas chorradas, sin tantos espejismos inventados, ni tanto miedo disimulao. Siempre se dice que hablando se entiende la gente, que las armas no sirven de nada. ¿Ah si..? ¿y cómo vamos a solucionar un conflicto de fe? ¿hablando y razonando? ¿sobre lo que está bien o está mal? De nuevo ¿cuál ‘bien’, cuál ‘mal’? ¿el que te enseña tu religión...o el que enseña la mía? ¿dejar las flores en la cima es lo correcto... o lo es en la ladera? Me gustaría saber cómo se puede hablar, cómo se puede utilizar la razón, si precisamente la fe, lo primero que exige, es desconectarla.
Ale!
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