lunes, 6 de agosto de 2007

¿Por qué es imposible la convivencia de religiones?

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Pa mi amiga Gata... a ver si ve la luz jeje

La tolerancia, “el respeto a mi creencia”, es un teórico privilegio que ha sido el arma más poderosa tanto de personas que de forma sincera querían el bien para su comunidad, (el ‘bien’ entendido desde la moral que suministraba su propia creencia, como no puede ser de otra manera), como de los que, con fines secundarios de poder, riqueza, o pillar con la morena de los ojos negros de las sala donde voy a bailar, la han utilizado en su provecho para conseguir sus objetivos los muy babosos. El motivo que lleva a una o varias personas a manipular a otras personas a través de sus creencias, es que la justificación de un hipotético bien común y su defensa es muy fácil por este medio. Lo tienen chupao. No hace falta ser un entendido en nada, no hace falta obtener argumentos económicos o políticos elaborados para convencer a anexionarse a la causa a un creyente que ya está convencido de las bases de algo que, si no pone un poco de voluntad de su parte, nadie tendrá cojones de demostrarle que es falso. Porque una creencia religiosa es lo que se llama “no falsable”: no se puede demostrar falsa, al menos fácilmente y sin bastante apertura de mente. Son bases que flotan en el aire, y que se pueden retorcer y manipular, si hace falta, hasta donde queramos.

El miedo que cubre nuestra creencia es su principal fuerza. La creencia es algo que nos tapa del futuro incierto, que relaja nuestro yo por llenar el vacío más importante para nuestra mente: la previsión y la seguridad ante lo desconocido por venir. Y esta tranquilidad es algo que poca gente está dispuesta a renunciar y es, a su vez, su máximo generador de intolerancia.

Nuestros actos en general van encaminados a prever lo que sucederá y obrar en consecuencia: voy a la disco y me pongo guapo a ver si pillo, o intento no ir a la pata coja al lado del precipicio de 2000 metros por que acabaré mal. Por ello, cuando no tenemos posibilidad de saber lo que va a ocurrir pero nos quita el sueño, nos inventamos la forma de controlarlo para nuestra tranquilidad, en forma de supersticiones o ritos que activarán nuestros favores en una especie de inteligencia divina mega guay, superior a la nuestra y que, ese sí, tamos convencidos de que tiene la llave y las herramientas necesarias para manipular y cambiar lo que nuestro conocimiento aún no puede. Pero esta invención controladora y sus ritos de petición se forma a partir de miles de pequeños factores completamente aleatorios, cuyo ámbito va desde el geográfico, histórico, temporal y de cómo se levantó el sacerdote Cornelius después de la resaca de vino de Babilonia. Esta aleatoriedad se transmite luego a nuestros actos, que, una vez establecidos en costumbres, acaban generando las diferentes culturas. Y esta aleatoriedad es lo que hace que las culturas tengan costumbres tan diferentes y que tanto ellas como las creencias que toman parte en su configuración sean tan incompatibles en muchas ocasiones. De hecho, esto es lo que hace que sea posible trazar una genealogía de culturas siguiendo la similitud de costumbres.

Nuestra mente, que no se está quietecita mientras tanto, sigue su camino de buscar las causas reales y tangibles de los efectos que vemos. Poco a poco vamos aprendiendo y documentando del mundo (con ciencia) las causas reales de las cosas. Los actos tradicionales, antes justificables analizados dentro de creencias pasadas, van perdiendo su sentido y se quedan en mero folklore cuando el efecto que querían controlar pasa a ser ámbito de la ciencia y nos damos cuenta que tirar la cabra desde el campanario no va a hacer crecer mejor las berzas. Esto es lo que genera la sensación de superioridad de una cultura respecto a otra: el hecho de que una mantenga actos encaminados a controlar un efecto futuro dentro de una creencia, mientras que la otra ya ha descubierto su “secreto” en el mundo real, consiguiendo, si bien no un control total del efecto, una previsión y manipulación por encima de la simple media estadística que consigue la pobre cabra. Y esta cultura con un control superior, tiene una nueva “carta” con la que sacar mejor provecho del entorno (y de la otra cultura si se tercia y se deja).

El miedo del creyente al futuro, hace que estas “reglas para librarnos de desgracias” sean “autoproteccionistas”: las propias reglas explicitan que no hay que tolerar otras formas de actuar, y castigan a los que no las siguen y los definen como infieles. Suele instar a los creyentes a eliminar a los posibles “contaminadores” exteriores, que vienen con costumbres que no se comprenden y, por tanto, equivocadas a sus ojos. Costumbres ajenas que pueden hacer que el “pueblo” se desvíe. Esta defensa violenta, de hecho, es el reflejo clarísimo de algo muy básico: no se puede defender una creencia a base de razonar. Una defensa que pretenda la inmovilidad, la cual es una característica básica de toda palabra divina: un dios no puede permitirse ir cambiando de la noche a la mañana, aparte que parece que sólo le es permitido enviarnos el profeta una vez, como si le saliese cara la gasolina. Total, que una vez en manos humanas, sólo se puede defender con castigo explícito y violencia.

¿De dónde vienen entonces las supuestas convivencias de religiones en países actuales, o en épocas pasadas? Pues no eran ni son tales, como numerosos historiadores han puesto de manifiesto a lo largo de los años. Son sólo espejismos, defendidos por nuestro propio cague. Tenemos tanto miedo a enfrentarnos a nuestro mundo real y darnos cuenta que no lo controlamos, que justificamos cualquier razón para que no se entrometan en la creencia de nadie, y de rebote, en la nuestra. Así evitamos que nos encontremos, de golpe, en pelotas ante el futuro que de hecho nunca hemos controlado, o que nos impidan realizar las ceremonias que tanto nos tranquilizan.

Por ello hay un pacto implícito de defensa de la religión.

Por eso mas de una y de dos veces se reinterpreta un conflicto religioso como “de oscuros intereses económicos o de poder” obviando detalles importantes, en nombre de la corrección política y cuando es mucho más complicado que eso.

Por eso nos autoconvencemos de que en tal país o tal época había una prueba de “convivencia real” entre dos étnias simplemente por que durante unos años coincidieron geográficamente sin enfrentamientos notables externos (hasta que se lió).

Por eso no vemos que en las regiones que experimentan o experimentaron “convivencia”, estamos ante dos o más creencias que aparentemente conviven, si, pero que, muy importante, no son las originales ni por asomo, sino que son una especie de “máximo común divisor” entre ellas. Máximo común divisor, por otro lado, generado por la razón y no por las respectivas fes, evidentemente, para poder permitir un mínimo de paz que sino no sería posible ni de broma.

No vemos que las cacareadas “interpretaciones” bíblicas, por ejemplo, son producto de la razón humana que tuvo que retocar la “palabra divina” original por que si no era así, nos hubiésemos matado hace tiempo.

Que estas interpretaciones son las responsables de las divisiones internas de los credos en un gran porcentaje por que los individuos no han vivido muchas veces las circunstancias que llevaron a esa interpretación, y por ello no la comprenden y la consideran irreal.

No vemos el importante detalle de que las lecturas literales de las sagradas escrituras suelen ser las mas radicales y crueles (!!!!): por que son las creencias y normas originales, las que aún no han pasado por el filtro necesario que necesitan por parte de la razón humana para hacer posible, aunque sea temporalmente, no exterminarnos a ostias.

Incluso personas no religiosas, ante tal avalancha de falsa “corrección política”, acaban no viendo lo que por lógica es absoluta, total y definitivamente impepinable: no hay razonamiento posible, no hay negociación posible, en una creencia irracional. Las creencias es una de las materializaciones más evidentes de la intolerancia. Por ello, la frase “ser tolerante con las creencias” no tiene sentido. No se puede ser “tolerante con la intolerancia”, ya no en un sentido práctico, sino incluso lógico.

¿La solución es un mundo ateo? Pos no... por que un mundo ateo es utópico. Pero lo que no se puede permitir es promover la idea mas falsa que un euro de Franco de que los problemas actuales son provocados por intereses políticos y económicos ante una comunidad que de otra forma viviría en paz (JA!), o que la convivencia religiosa es posible y que la codicia del hombre la rompe (JAJA!). De hecho, se podría decir que en el mundo actual, más laico de lo normal y de separación de poderes (aunque sea en parte y no todo lo deseable), es quizás y a pesar de los numerosos conflictos, el que porcentualmente más hombres viven en paz de la historia. Ninguna sociedad de ningún país del primer mundo es mas violenta que los indígenas de las pequeñas tribus antiguas y modernas, gobernados por creencias religiosas en su mayor parte (La Tabla Rasa, Steven Pinker – antes de que alguien diga que he dicho chorradas). El teóricamente violento siglo XX es uno de los que porcentualmente menos población ha muerto... Para que vayan diciendo de que la cosa va a peor.

De la misma forma que sabemos que la violencia gratuita no lleva a nada e impide la convivencia, hay que ser consciente de qué es realmente la religión. Ya mucha gente está convencida de que la religión, el poder político y el judicial deben estar separados. Solo faltaría separa ya por fin las normas morales. Aunque entonces, la religión se quedaría en bien poco.

Lo mas curioso de todo, es que la idea tradicional va de que las religiones son buenas pero que es el hombre las corrompe. Lo guay es que es totalmente al contrario: una creencia irracional siempre es intolerante, elitista e inmovilista, y es precisamente la mano del hombre, con su cerebro material y tan poco romántico, el que a falta de eliminarla, la tiene que moldear en contra del miedo generalizado, viento y marea, para que, aunque sea a trancas y barrancas, aún tengamos alguna posibilidad de sobrevivir ante tanta tontería.

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